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Por qué el capital institucional sigue al margen del auge de los valores digitales

Durante años, la tokenización se ha presentado como el próximo gran salto en los mercados financieros, prometiendo liquidaciones más rápidas, mayor transparencia y acceso a la propiedad fraccionada. Y si bien la tecnología sin duda ofrece beneficios reales, su aceptación institucional aún es lenta.
Un CoinGecko reciente (reporte) Señaló que las acciones tokenizadas alcanzaron una capitalización de mercado de tan solo 11.4 millones de dólares en 2025, incluso después de un crecimiento del 300 % durante el último año. La cifra puede parecer impresionante, pero comparada con los mercados de capital tradicionales, es prácticamente insignificante.
La pregunta entonces es: ¿por qué no entra dinero real? No es por falta de curiosidad: muchos actores institucionales están atentos a los valores digitales, y algunos incluso participan activamente en diversos proyectos piloto. Pero aún estamos lejos de su adopción generalizada. Y para lograrlo, debemos analizar detenidamente las verdaderas razones de esta reticencia.
Intentemos desglosarlos en este artículo.
¿Cuáles son las grandes fricciones que mantienen alejadas a las instituciones?
En mi opinión, hay al menos tres puntos de preocupación constantes que los inversores institucionales probablemente plantearán cuando hablen sobre valores digitales.
El primer punto es su estatus legal. Los activos financieros tradicionales han tenido mucho tiempo para consolidarse tanto en la mente de los inversores como de los reguladores. Y lo mismo ocurre con las normas que los rigen.
Sin embargo, en el caso de los valores digitales, la situación regulatoria actual sigue siendo muy confusa. ¿Qué jurisdicción rige el activo? ¿Qué tan exigibles son los derechos de los inversores? ¿Qué sucede en caso de insolvencia? Hasta que los reguladores proporcionen una guía más clara —y los valores digitales cuenten con un sólido respaldo legal—, la mayoría de las instituciones preferirán evitarlos antes que arriesgarse a tener problemas por incumplimiento.
Otro gran problema es la liquidez limitada. La promesa de operar 24/7 y liquidación instantánea no sirve de mucho si no se encuentra una contraparte con la que trabajar. La mayoría de los valores digitales actuales se ven afectados por mercados extremadamente densos. Sin un volumen real, la fijación de precios sigue siendo ineficiente, los diferenciales son amplios y las salidas son inciertas. Las instituciones no pueden justificar la tenencia de activos cuya venta podría tardar meses, especialmente en las condiciones de mercado tan volátiles que estamos viendo a nivel mundial.
Incluso si se toleraran los dos problemas anteriores, la falta de derechos estandarizados seguiría generando desconfianza entre muchos inversores. Comprar un valor digital debería implicar saber exactamente qué derechos se adquieren: dividendos, derecho de voto, condiciones de reembolso, etc. Con demasiada frecuencia, estos derechos son vagos o están integrados en contratos inteligentes que no se traducen bien al lenguaje legal. Hasta que la industria adopte marcos claros y estandarizados, los compradores institucionales percibirán estos productos como impredecibles.
La funcionalidad importa antes que la digitalización
La tokenización se ha promocionado como una innovación brillante, pero lo cierto es que la digitalización no soluciona un mal diseño de producto. Sí, la tokenización puede mejorar el rendimiento, pero si los fundamentos subyacentes son deficientes, nada de eso importa.
Si un instrumento tiene derechos de flujo de caja y mecanismos de salida poco claros, es poco probable que los inversores inviertan capital. Las instituciones, en particular, requieren una comprensión precisa de cómo, cuándo y bajo qué condiciones se pagan los rendimientos. La ambigüedad en torno a estos factores socava por completo la utilidad de la tokenización. Un envoltorio digital en un acuerdo impreciso no cambia el hecho de que siga siendo un acuerdo impreciso. Nadie quiere mantener un activo del que no pueda salir con seguridad.
Al mismo tiempo, la seguridad digital aún debe valorarse utilizando métricas financieras tradicionales. Si la metodología de valoración es inconsistente o depende excesivamente de suposiciones especulativas, la eficiencia de la cadena de bloques no la hará viable para invertir. Las instituciones esperan modelos transparentes, verificables y auditables. Si la valoración no es fiable, la tokenización se convierte en una distracción de un problema más profundo, en lugar de una solución.
Hoy en día, se están lanzando al mercado demasiados valores digitales sin la estructuración rigurosa que las instituciones esperan de un producto financiero serio. Para que los inversores institucionales confíen en estos productos, debemos dejar de centrarnos únicamente en los fundamentos de la blockchain y empezar a construir instrumentos financieros mejores y más transparentes desde cero.
¿Qué se necesita para generar confianza real?
Ahora bien, recuerden: las instituciones no son irrazonables. No buscan soluciones mágicas; simplemente quieren que la calidad de los activos digitales sea comparable a la que ya ofrecen con los activos tradicionales.
¿Y entonces qué se puede hacer para lograrlo?
Todo empieza por establecer modelos de gobernanza más predecibles. Los inversores institucionales necesitan comprender quién es responsable de qué, no solo de lo que está escrito en el código, sino también de cómo funciona en la práctica. Los contratos inteligentes y la automatización son útiles, pero también debe haber supervisión humana y mecanismos de respaldo. Una rendición de cuentas clara es fundamental en este sentido.
El cumplimiento normativo también es un factor clave. Las plataformas que gestionan activos digitales deben cumplir estrictos requisitos de KYC y AML. Las instituciones no utilizarán sistemas que permitan el anonimato o eludan las verificaciones regulatorias, y, siendo realistas, no deberían hacerlo. El anonimato puede ser aceptable en entornos criptográficos, pero no es así en este caso.
El sector de los activos digitales también necesita atraer actores creíbles. Los inversores se sienten mucho más cómodos operando en entornos donde pueden ver a operadores con licencia involucrados: nombres que reconocen y en los que confían. Saber que hay contrapartes reguladas y responsables al otro lado de una transacción facilita enormemente la justificación de la participación.
Finalmente, para que los valores digitales se afiancen, necesitamos mercados secundarios funcionales. Emitir un token es solo una parte del proceso. La verdadera adopción se produce cuando los valores digitales pueden formar parte de un ecosistema adecuado con liquidez real y profundidad de mercado: se negocian activamente, se valoran eficientemente y se utilizan en estrategias de cartera.
Centrarse en la integración en lugar de la disrupción
Los inversores institucionales, en general, no quieren desmantelar los sistemas existentes, sino construir sobre ellos. Para modernizar sus operaciones sin renunciar a la comodidad regulatoria ni a las protecciones para los inversores a las que están acostumbrados.
En ese contexto, el verdadero camino a seguir para los activos digitales reside en la asimilación y la búsqueda de un equilibrio. Ganarán impulso de forma natural cuando puedan integrarse fácilmente en los flujos operativos existentes: custodios, administradores de fondos, auditores, equipos de cumplimiento normativo y marcos de riesgo.
Cuanto más compatibles sean estos instrumentos con los flujos de trabajo en los que las instituciones ya confían, más fácil será empezar a utilizarlos. Las instituciones son, con razón, cautelosas, y para lograr su participación, los activos digitales deben estar a su altura. Cree soluciones que respeten sus estándares.












